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Veinte años sin Rory

ANTONIO CASTILLO Miércoles, 10 de junio de 2015

Capítulo 1. Palabra de Hendrix

Cuenta la leyenda que a Jimi Hendrix le preguntaron qué se sentía al ser el mejor guitarrista del mundo. «No lo sé, tío, pregúntaselo a Rory Gallagher», respondió.
Cansado de patear las empinadas calles de Cork, el paseante decide entrar en la taberna. Es el único cliente a esas horas de la mañana. El dueño del negocio, un pelirrojo sesentón con cuello de toro y aros en las orejas, le sirve la espesa Guinness. El semblante le cambia cuando el recién llegado pregunta por Rory. Mira hacia las vigas de madera del techo y se mete en la trastienda, de donde regresa con un viejo álbum. Allí está Rory, joven y risueño, agarrado a un banyo y rodeado de amigos que ofrendan sus cervezas al cielo mientras corean una tonada popular. El tabernero llama a su mujer y ambos hilvanan historias en un inglés que al paseante le cuesta entender. Lo conocieron en el colegio y lo recuerdan abrazado siempre a una guitarra, como si así se protegiera de la timidez. Ella dice que era generoso y humilde y que los visitaba cada vez que volvía a la ciudad; entonces improvisaban actuaciones como la que la cámara congeló, instantes de felicidad que ahora evocan con nostalgia.
El paseante vuelve a la calle. Sonríe al recordar que Rory nació en un hospital que se llamaba Rock. Vaya ironía del destino. El Rock Hospital de Ballyshannon. Cuando tenía 7 u 8 años le regalaron un ukelele de plástico que tenía pintada una imagen de Elvis Presley, y después su madre le compró una guitarra acústica. No sabía leer música, así que aprendió a tocar por su cuenta. El paseante llega a la plaza que le han indicado en la taberna. Fotografía la placa con los nombres en inglés e irlandés: Rory Gallagher Place, Plás Ruairí Uí Ghallchóuir. También llevan su nombre un rincón del Temple Bar de Dublín en el que nadie mienta la proverbial rivalidad con Cork, una sala del Ulster Hall de Belfast donde actuó en los peores momentos del conflicto y una calle de un suburbio parisino. Su imagen figura en un sello y una iniciativa popular pretende que el aeropuerto de Cork se llame Rory Gallagher.
El primer vídeo, «A Million Miles Away», testimonia esa vinculación de Rory con Cork: la salida de casa rumbo a un concierto acompañado por su hermano Donal, albacea, representante y ángel de la guarda, y después las imágenes de los muelles, las calles y las tabernas en las que compartió risas y músicas con los amigos. Corría el año 1974.

Capítulo 2. ¿Rolling Stones? No, gracias

Rory se curtió en orquestas que recorrían Irlanda con un repertorio que se nutría del folclore local y de viejos éxitos del rhythm and blues. Pero la fama le llegó en 1969, cuando vio la luz el primer disco de Taste, un potente trío que agitó las tranquilas aguas de la isla con su enérgica fusión de rock, jazz y blues. Rory, que tenía entonces 21 años, cantaba y tocaba la guitarra.
En 1971 inició su carrera en solitario. A pesar de su juventud, había actuado en varios países europeos –entre ellos España– y en Estados Unidos. Esa será su vida durante los próximos lustros: viajes agotadores por el mundo que alternan con periodos de calma en los que factura discos, como Deuce o Tattoo, que se convertirán en obras maestras con el paso del tiempo.
En 1974, harto de que su labor creativa no tuviera el reconocimiento que merecía, Mick Taylor dejó los Rolling Stones. Mick Jagger pensó en Rory como sustituto. Habló con él y le hicieron una prueba que, según las malas lenguas, mosqueó a Keith Richards, que vio su enorme ego comprometido. No hubo acuerdo. Rory sabía que no podría cantar y que, además, su papel como compositor y guitarrista estaría siempre subordinado a las veleidades de las dos estrellas de la banda, así que renunció a los oropeles y a una cuenta corriente con muchos ceros para seguir su camino. El puesto fue para Ron Wood.
Adoraba a los bluesmen del Delta, a tipos duros como Huddie Ledbetter, autor de «Out on the Western Plain», una vieja canción que habla de vaqueros, de Jesse James y Buffalo Bill. El segundo vídeo, de 1976, refleja el talento de Rory para ejecutar piezas de ese corte; los diez dedos moviéndose con elegante precisión, la voz a veces susurrante y el escenario a oscuras componen una suerte de trance que rompen los aplausos del público.

Capítulo 3. La Stratocaster de 1961

En 1963 Rory se prendó de una Stratocaster de color café como la de su admirado Buddy Holly. Con frecuencia sus pasos lo conducían hasta la tienda y allí, frente al escaparate, el tiempo pasaba lentamente entre sueños. Era de segunda mano pero valía cien libras, una fortuna para la época. «Estaremos endeudados el resto de nuestra vida», le dijo su madre. Pero Rory disipó esas dudas con otro argumento económico de peso: con la Stratocaster podía trabajar tanto de guitarrista rítmico como solista en las orquestas en las que entonces se enrolaba y de ese modo ganaría el doble.
La guitarra de 1961 de la que hoy Fender fabrica réplicas fue su compañera durante treinta años. Esta historia de amor de quien, por otro lado, no se casó ni tuvo hijos esconde una parte simbólica digna de un conocido poema de William Blake («Estás enferma, ¡oh rosa! / El gusano invisible / que vuela en la noche (…) / ha descubierto tu lecho / de alegría carmesí; / y su amor, oscuro y secreto, / destruye tu vida»): el sudor de Rory tenía un pH muy ácido que corroía el instrumento, de modo que lo que le daba vida también lo destruía.
El paseante se sienta en un parque y recuerda cómo conoció a Rory. 1982 tocaba a su fin. Había entrado en Simago con el pago trimestral de su beca de estudios palpitando en un bolsillo y se había dado de bruces con un disco negro del que emergía por triplicado el rostro concentrado de alguien que parecía tocar una guitarra. Sacó la carpeta interior y allí estaba de nuevo, en compañía de dos tipos que, como él, vestían pantalón tejano y camisa de leñador. Al paseante se le ocurre que quizá esa foto fue tomada en una de las calles de Cork que él acaba de recorrer. A la derecha de Rory iba Gerry McAvoy, el bajista que fue su sombra en los escenarios entre 1970 y 1991 y que siempre creyó que su jefe era «un obrero, no una estrella del rock».
Rory disfrutaba con las novelas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, pero la primera canción que el paseante oyó de él, «Shadow Play», hace un guiño al divino Stevenson al recrear un teatro de sombras en el que el protagonista se siente unas veces Jekyll y otras Hyde. En el tercer vídeo, de 1978, la interpreta junto a McAvoy y Ted McKenna, los que le acompañaban en esa foto del disco –Photo-Finish– que el paseante encontró en Simago y que cambió su vida. No hay palabras que definan la complicidad de Rory con su Strato.

Capítulo 4. Un estilo de vida

Cuando se acercaba a los 40 años Rory empezó a sufrir aerofobia, lo peor que le puede pasar a un músico que se gana la vida girando por el mundo. La combatía con sedantes y alcohol, una combinación letal para su organismo que él, ingenuamente, conectaba con la imagen tópica del bluesman perdedor y borracho. Además estaba solo. La música lo había absorbido tanto que veía cada relación sentimental como una amenaza, algo que le restaba energía y lo distraía de lo único importante. Solo era feliz en la carretera.
Cuando la salud se lo permitía volvía a subirse al escenario y entonces se asombraba de que el público todavía coreara su nombre. Un día que su hermano fue a recoger las pastillas que Rory tomaba para combatir el miedo a volar el farmacéutico le previno: «Si las pones todas en un vaso, viertes alcohol y lo remueves, tienes la poción del diablo». Donal concertó una nueva gira por Holanda porque pensaba que era lo mejor, pero hubo que cancelarla. Rory se encerró en su apartamento de Londres, en Chelsea. No dejaba entrar a nadie. Donal lo convenció. «¿Quieres morir?», le preguntó, «porque esto es como suicidarse». Lo llevó inmediatamente a un hospital. Necesitaba un trasplante de hígado. Además, tenía un virus que dificultaba cualquier tratamiento. Y su grupo sanguíneo era muy poco común. Los médicos hicieron cuanto estuvo en sus manos pero no fue suficiente. Rory murió el 14 de junio de 1995. Tenía 47 años.
Una vez le preguntaron cómo se veía cuando fuera un anciano. «Me veo tocando blues en casa. Es como el flamenco, algo que te corre por las venas, pero va más allá. Es un estilo de vida, un modo de pensar, un pequeño faro», respondió entre risas.
El cuarto vídeo recoge una de las últimas actuaciones de Rory, en Montreux en 1994. Interpreta la que muchos, también el paseante, consideran su mejor canción, «Tattoo’d Lady». Está hinchado, quizá enfermo, y ya no tiene a su derecha a Gerry McAvoy. Pero sigue siendo él, ese guitarrista prodigioso que Hendrix colocó en el Olimpo.

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1 comentario

maurocioky

#1 11.jun.2015 | 13:29

Precioso artículo. Hola Antonio. Soy oky, compañero tuyo en Marca en los 90. Tú me grabas te todo Rory en casetes. Siempre te lo agradeceré. Desde entonces creo que soy el mayor fan de Gallagher, después de ti. Gracias por todo y un gran abrazo. Oky Aguirre

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