¿Te
imaginas sentado en la silla de tu cuarto y ésta se empieza a
elevar y volar a poca velocidad? ¿Te mola? Pues date un rulo de
veinte minutos en ultraligero.
“¿Me
oyes bien?”, pregunta el piloto. “Alto y claro”, contesto con
un tonillo de cachondeo que delata también un ligero nerviosismo.
Me acabo de poner un casco con intercomunicador. El motor suena
con estrépito a mi espalda. Sentado a quince centímetros del suelo
miro con inquietud la tierra en movimiento. De repente, ¡zas!
el morro se eleva y comienzo a tomar altura.
El cosquilleo del estómago desaparece cuando el ultraligero se
estabiliza a unos doscientos metros de altura. Las sensaciones
son irrepetibles.
Por un lado te llegas a creer que realmente el que vuelas eres
tú, pero en un momento cambias el chip y te crees un espectador
de lujo que, sentado en una silla, ve cómo el mundo es el que
se mueve muy despacio y a tu antojo. De repente miro a mi derecha
y me llevo un gran sobresalto: dos enormes buitre negros con las
alas desplegadas me miran a dos metros dándome la bienvenida.
“Tranquilo, no es premonitorio, muchas veces me acompañan, ja
ja ja. Alguna vez vienen también águilas”.
Ya divisamos el aeródromo. El aterrizaje resulta también espectacular.
Tienes que probarlo, ¡alunizarás!
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