
Una vez que terminó el campamento de surf, mi nuevo objetivo era la isla de Fraser. Para llegar a ella he tenido que sufrir un viaje de siete horas, en un autobús mucho peor que los de Tailandia o el de Laos. Sin Wc, ni televisión, sin aire acondicionado, los asientos pequeños y muy incómodos.
Es muy curioso, en Australia no hay autopistas como en Europa, los autobuses van por mitad de las ciudades e incluso por los pueblos. Vueltas, rotondas, semáforos, pasos de cebra, una pasada y a la vez un coñazo. Este trayecto en España no seria mas de tres horas, pero qué se le va hacer. Todo pasó cuando llegué a mi destino.
Lo peor de este recorrido no fue el autobús, ni el gordo de mi compañero de viaje, fue que un desgraciado mal nacido me robó una de mis mochilas. En ella tenía parte de mi vestuario de montaña, el botiquín, lo siento Susana, los cds de las fotos del viaje, el frontal, el ajedrez.... y más cosas. Cuando me acuerdo me pongo de muy mala leche. Pero son cosas que pasan cuando viajas, si lo miro desde otro punto de vista, como me dijo mi hermano menos peso... pero más gasto, ya que me he tenido que comprar algunas cosas que necesito para seguir viajando. Por ello, ahora cuando utilizo algún transporte público me bajo en todas las paradas y controlo cada vez que abren los cajones de equipaje. Una vez me puede pasar pero no más... espero.
La ciudad de Ervey Bay fue mi punto de encuentro con los viajeros para la isla. La verdad que la idea de ir a la isla de Fraiser a conducir 4x4 en la arena ha sido uno de mis objetivos cuando he llegado a Australia. Poder disfrutar de una conducción off road, a la vez que compartir isla con los famosos dingos ha sido la caña.
Una vez que ya estabamos en el punto de encuentro, la compañía organizadora de esta aventura, nos desplazó hasta los angares donde estaban todos los 4x4. Donde comprobaron nuestros carnés de conducir (internacional) y pagamos el seguro pertinente, junto con la fianza del coche. Total 100 $ del ala.

Aquí tuve la oportunidad de conocer a mis compañeros de viaje, en esta aventura. Había nacionalidades dispares, Canadá, Inglaterra, Suecia, Alemania...
Allí nos explicaron las distintas rutas que podíamos realizar, al igual que las reglas básicas para cumplir dentro de la isla. Ya que es un parque natural y su conservación no está muy conseguida, debido al gran numero de turistas que atrae la isla.
Antes de iniciar el viaje fuimos a un supermercado donde compramos los víveres y las bebidas. Ya aquí tropezamos, ya que a la hora de comprar la carne y la fruta, encogieron lo mas barato. La carne casi era verde. Yo no quise saber nada mas de la compra común y me fui a beber un café y a comprar alguna chocolatina. Qué bien hice, ya que en alguna ocasión pasé algo de hambre. Acto seguido nos dirigimos al ferry y en una hora ya estábamos en la isla.

Esta isla es muy curiosa por varias cosas, pero la más chocante es que no te puedes bañar en el mar. Sí, imaginaros estar en una isla rodeados de mar cristalino, de distintos azules y no te puedes meter en el agua. Esto es debido a la gran cantidad de medusas, algunas de ellas ultra venenosas y a los tiburones blancos, por ello yo sólo me moje los pies y con cuidado. No obstante dentro de la isla hay distintos lagos de aguas super transparentes en los cuales he podido disfrutar bañándome y refrescandome del calor y los olores del coche...
Mis companeros de viaje. Un inglés super correcto, que era el capitán del equipo,ya que todos hacían lo que el decía. Un canadiense que siempre estaba contento y nos ha amenizado las noches con su guitarra. Una pareja de alemanes, de los cuales solo se escuchaba hablar a la chica, ya que era una sargento. Un italiano que como era el más joven y no podía conducir al ser menor de 21 anos, casi no pintaba nada en el grupo. Un sueco que le hacia la pelota al inglés. Aunque cada uno era muy suyo al final del viaje hubo buen rollo, pero podríamos haber estado mucho mejor si no fuesen tan cuadrados de mente.

La velocidad máxima de conducción era 80 km/h y los susodichos dijeron que no podíamos pasar de 60 km/h, ni pisar el agua del mar. Una mierda, ya que cuando me tocó a mí conducir pasamos de esa velocidad, y por supuesto tocamos con las ruedas el agua salada, que se creían estos.
Lo más curioso es que el coche tenía las marchas en la mano izquierda, al igual que la reductora. Cuando me tocó conducir, tras varios intentos de arrancada y algunas risas de mis compañeros, me lo pasé como un niño pequeño con un juguete nuevo.
La verdad que también fue muy divertido cuando le tocó conducir al canadiense, parecía una abuelita, acojonado es poco. Menudas carcajadas tuvimos en la parte de atrás del coche. No pasaba de 20 kilómetros por hora y encima, por su cara de velocidad, parecía que íbamos a batir un récord.

Por las noches montábamos el campamento, una tienda para cada dos, y cocinábamos la cena. Ya que por el día solo teníamos un par de sanwhiches por barba. Ya os dije que pasé un poco de hambre.
El primer día pudimos ver a lo lejos un dingo y todos como locos haciendo fotos pero desde muy lejos... Lo que no sabíamos es que por la noche tras cenar escuchamos a sólo unos cuantos metros unos ruidos, todos nos quedamos paralizados al ver que tres o cuatro dingos estaban comiendo los desperdicios de la basura. Estaban a dos metros de nosotros y claro, se fueron corriendo asustados por el centenar de fhases que les apuntaban.

Los lagos de la isla son espectaculares, el agua es cristalina y te dan ganas de beber. Cosa que no es nada recomendable. Para mi gusto el mejor fue el lago Mckensy. El único problema que le he encontrado a este destino ha sido la gran cantidad de turistas que me he encontrado. Ya que hay rutas de un día en autobús, aviones y barcos. Es decir mucha, mucha gente y lo peor, no hay tantos lugares para visitar, pero no estuvo mal...
Otra de las singularidades del lugar es que es la isla de arena mas grande del mundo. Todo es arena y en todas partes se mete. Al ser tan fina es algo desagradable la sensación de tener arena por todas partes de tu cuerpo. Así pasaron cuatro días, conduciendo y bañándonos en los lagos transparentes. En una de las rutas que realizamos tuvimos la oportunidad de visitar el barco que esta abandonado en la playa, la verdad que es un sitio que simplemente está el barco pero la gente le hacia millones de fotos, no lo he entendido todavía.

Mi grupo a la hora de la despedida fue algo raro ya que con un simple adiós nos fuimos todos a nuestros respectivos destinos. Muy frio y sin nada de color. la verdad es que no esperaba nada de ellos.
Yo ese mismo día tenia billete de autobús para Early beach. El viaje fue algo pesado ya que catorce horas en autobús llegan a ser muy aburridas.
Ya en mi nuevo destino me dirigí a toda prisa a la agencia de viajes a confirmar mi nueva aventura. Un crucero en un velero por la gran barrera de coral.
En la agencia me dijeron que tenia 20 minutos para llegar al puerto desde donde partía mi barco. Corriendo me fui a una tienda a comprar algo de comida y algunas cervezas...
Ya en el embarcadero me di cuenta que la cosa se demoraba, por eso me fui al aseo, donde me afeité y me duché en plan cheko cheko.
Nos fueron nombrando uno a uno a la vez que asignando los distintos veleros. A mi me toco el velero Hammer. Una belleza con 21 metros de eslora.
Nada mas empezar a navegar noté que este viaje no se parecía en nada al anterior. La gente estaba muy relajada y con muchas ganas de hablar y relacionarse. Qué placer para el que viaja solo, encontrarse con esa actitud en la gente.
Mi camarote, tengo que decir que me tocó la mejor cama de todo el barco, estaba compartido con dos holandeses muy majos, que al ver que viajaba solo, lo primero que me ofrecieron fue una cerveza. Esto pintaba muy bien, sobre todo por que el numero de mujeres era mucho mayor que de hombres. Eramos 18 personas y solo siete chichos...
Una vez ya fijado el rumbo nuestra primera parada fue en un punto que le llaman Sunlove, donde realizamos snooking en un lugar donde los colores del coral eran brillantes al igual que los peces que los comían con saña.
Por la noche la capitana, una loca del mar, pero loca de atar, estaba como una regadera, nos agasajó con una cena opípara, tras la cual tuve la suerte de conocer a Sara. Una chica suiza la cual ha sido mi compañera de viaje y una gran conversadora. Hemos quedado en vernos en la isla norte de Nueva Zelanda...
La verdad que el grupo ha sido cojonudo, desde Sebastián y su hermana ( yo pensaba que eran novios...), una chica brasileña de procedencia japonesa, muy curiosa combinacion, un sueco afincado en Barcelona, que no paró de beber desde que se embarcó, y su hermana, los holandeses, el grupo de inglesas e irlandesas borrachinas....
Lo curioso del viaje ha sido que me he encontrado con un numeroso grupo de personas que hablaban español, lo cual ha servido para olvidar un poco el inglés y utilizar el castellano, ya casi denostado.

Las noches, tras la cena subíamos a cubierta para hablar y beber alguna cerveza y observar la multitud de estrellas que nos acompañaban junto con el balanceo del barco, el cual ha hecho que durmiésemos a pierna suelta.
El segundo día visitamos la isla llamada White Haven, la cual tenía unas playas blancas en las que casi no podías ver por el destello de la luz en la arena.
Cuando nos estábamos bañando, en un momento aparecieron un grupo de mantas rayas. Las cuales no se asustaron por nuestra presencia y nosotros pudimos disfrutar buceando a su lado.
Tras navegar unas horas, todos participabamos a la hora de recoger velas o izarlas lo cual ha sido muy divertido y entretenido. Llegamos a Border Island, donde realizamos un snoorkel, que para mi opinión ha sido el mejor que yo he realizado en este viaje, y posiblemente de mi vida. Miles de peces de colores, multitud de corales y un agua limpia y transparente. La única pena era que teníamos que utilizar trajes por miedo a las picaduras de las medusas, pero os aseguro que no importa con el espectáculo que ofrecía el coral
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Ya una vez en el barco nos dirigimos hacia una superficie arenosa, denominada Longford Island. Un montículos de arena en mitad del océano, que dependiendo de la marea, aparecía o se sumergía. Aquí jugamos un partido de cricket. En estas fechas, 19 de diciembre, se estaba jugando la final de este deporte, que nunca voy a comprender, entre Australia e Inglaterra. Y comentaros, por si no lo sabíais, que ha ganado Australia por paliza. Teníais que ver las celebraciones en los pubs. Cómo beben los australianos, parece que no tienen final. En Australia, ganar a Inglaterra lo consideran como un triunfo doble o triple. Ya que ganar a la metrópoli lo ven como una superación mayor. Ellos sabrán.
La tarde se alargó hasta ver atardecer. Luego embarcamos de nuevo y de camino a Stone Haven donde dormimos esa noche, pudimos ver como un aguila marina capturaba una presa. Fue algo único y asombroso, poder observar el vuelo de esta ave a la hora de cazar.
Por la noche tuvimos una barbacoa. Es algo que entre los australianos es muy común y que realizan a la primera oportunidad que tienen. Están muy orgullosos de sus distintas carnes. Tampoco son una cosa del otro mundo para mi gusto.
Durante la velada estuvimos jugando a distintos juegos de palabras y con esa excusa bebimos las últimas existencias hasta altas horas de la noche.

Al día siguiente rumbo a puerto y a pisar la tierra.
La verdad es que me hubiera gustado poder estar más tiempo en el velero, ya que el ambiente era estupendo y el tiempo nos ha acompañado todos los días.
Ya una vez en tierra quedamos todos para cenar y despedirnos.
Cuando llegamos al restaurante pude observar que en en su menú ofrecían canguro. Yo no lo dudé y cuando llegó la camarera junto a algunos jugos de cebada degusté esta curiosa carne. Digo curiosa, por que se parece por su sabor a la carne de caza pero por su textura, algo gelatinosa, rabo de toro. Rica pero no llegó a convencerme. No obstante las decenas de jarras de cerveza, nos tenían reservada una barra gratis para el viaje... fue una velada muy divertida.
Yo a la mañana siguiente me dirigí a Sydney en avión. Qué curioso, el aeropuerto de esta ciudad parece un parque, la gente sentada en la hierba y los aviones a cinco metros de distancia, qué tranquilidad y que poca preocupación, una pasada.

La verdad que me voy de Australia con muy buen sabor de boca, ya que he realizado todos mis planes. He hecho mucho deporte, he conocido lugares maravillosos a la vez que he tenido la suerte de coincidir con personas muy simpáticas y agradables. Un placer de país. Sí señor. Muy recomendable y al que volveré algún día...
Ahora me espera Nueva Zelanda, las antípodas, esto sí que va a ser una aventura, y encima Navidades y mi cumpleaños.