Muchos de los aficionados
al golf pasan por tener dos características principalmente: son
auténticos obsesos de este deporte y son bastante exquisitos en
su gustos. Por ello, ¿qué mejor que jugar un partido con vistas
al mar?

'Reza para que no suba la marea'
En Australia tienen claro que la arena sirve para
hacer muchas más cosas que castillos. Probablemente, al rebufo de iniciativas
españolas como el campeonato de tenis que se celebra en la costa cántabra, han
decidido que el hábitat natural del golf deje
de ser la hierba.
Además, en los campos convencionales muchas veces los recorridos se convierten
en un tortuoso ir de un ‘bunker’ (trampa de arena) a otro tragando más arena que
un tuareg un día de ventisca y sumando más golpes que una película de Jackie Chang
y Chuck Norris juntos. Estos campos playeros tienen nueve hoyos y en ellos predomina
el uso de hierros (ya que los pares 3 son mayoría) para buscar el ‘birdie’ (golpe
bajo par). Tienes varias ventajas: los ‘putts’ se meten por aproximación, el uso
de hierros te permite mayor control sobre la bola, y el hecho de cambiar la hierba
por arena te frena bastante los golpes, por lo que es más fácil arriesgar en busca
de bandera (que a pesar de estar en la orilla no te indica el estado de la mar).
El único hándicap (además del que el jugador aporta) es que perder la calle es
sinónimo de que ocurra lo mismo con la bola, ya que un golpe fuera de límites
significa cambiar el ‘rough’ (hierba alta) por el agua. Al principio resulta bastante
peculiar ejecutar el ‘swing’ con soltura, pero después de un par de socavones
el éxito está asegurado.
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