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Por Carlos Sacristán

miércoles, 9 septiembre 2015, 18:17

'Everest', tragedia en la cima

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8.848. Ni uno más. Un número que te cambia para siempre. Un número lleno de contradicciones. Un número exigente y elitista al que sólo acceden los intrépidos. Un número que ofrece las mejores vistas del planeta. Un número imposible de olvidar para los que conocen el significado de cada uno de los secretos que esconde su métrica. El jardín de Tenzing Norgay y Edmund Hillaray. El sótano del cielo. La cima del mundo.

Cuando se anuncia que un proyecto basado en un hecho real, la peor tragedia en la historia de montañismo con el Everest como protagonista, va a contar con el respaldo de Hollywood, 3D mediante, y un puñado de actores, casi todos figuras, van a tomar parte en él, malo. Uno tiembla ante la idea de un equipo de guionistas reescribiendo, al dictado de la major de turno, una historia sobrecogedora que no necesita más edulcorantes. Error, 'Everest' no se ha dejado contagiar por el 'mal de altura' de otras cintas similares y no ha sido presa del, seguro que tentador, intento de poner la bandera con el símbolo del dólar en lo alto de la producción. La película busca, y consigue, que el espectador forme parte de una ascensión extenuante, aunque también es cierto que su aparente ausencia de emociones la penaliza y sus rocosos protagonistas parecen esculpidos con cincel en el monte Rushmore,

Lo primero que llama la atención es el variopinto reparto. Jake Gyllenhaal, Jason Clarke, Josh Brolin, Keira Knightley, John Hawkes, Robin Wright, Emily Watson, Sam Worthington... Muchos rostros conocidos al servicio de la historia que, curiosamente, consiguen que la ensalada esté razonablemente bien aliñada. A los mandos de la expedición, Baltasar Kormákur, un director que ha huido del sensacionalismo como si de una tormenta en la cumbre se tratase y que ha intentado con éxito presentar los aspectos más relevantes de unos hechos incontestables.

La historia, poderosa como pocas, se centra en la tragedia ocurrida en el monte Everest el 10 de mayo de 1996. Ocho alpinistas fallecieron debido a una tormenta. Un cúmulo de fatalidades, como casi siempre en este tipo de dramas, confluyeron para que el caos y la muerte se adueñaran de una ascensión comercial donde intereses económicos y espíritu de aventura aparecen conectados por un cordaje irrompible pero cuya unión consigue que la caída de uno arrastre al otro.

Las cuestiones filosóficas son las que menos convencen. La cinta pretende ofrecer demasiadas respuestas y no todas pueden, ni deben, ser resueltas, a pesar de su dos horas y media de metraje. Las motivaciones del ser humano para actuar suelen ser tramposas. La idea de escalar la cima del mundo es una excusa. La exposición del organismo a unas condiciones inaceptables y sobepasar el umbral del dolor es el precio. La gratificación, previo pago de 65.000 dólares, es el hecho de ser diferente y, casi siempre, poder contarlo.

Por qué hacemos lo que hacemos, ya sea ir a la oficina, subir el Everest, pasear por el parque o sumergirnos en las Fosas Marianas. Todas las cosas, de las más triviales a las más complejas, no siempre tienen que tener una razón de ser. Quizá habría que darle más vueltas, quizá no o, simplemente, la solución es más fácil de lo esperado: porque sí. Uno sube porque hay una cuesta que subir y, a veces, el premio es tan poderoso que no se guarda nada para la bajada. Lo único seguro es que este tipo de experiencias te cambia definitivamente. Cambio y corto.

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