jueves, 10 febrero 2011, 20:19
Descubriendo a John Cazale
En la categoría: Actores
La historia de John Cazale es una de las más alucinantes del mundo del cine. Un actor superlativo con un físico indescifrable. Este italoamericano, de elegante porte y singular presencia, fue capaz de robar plano a actores de la talla de Al Pacino, Robert de Niro o Gene Hackman. Todas sus películas, sólo cinco, fueron nominadas al Oscar. Nunca fue el centro de los focos pero, desde un medido segundo plano, se reivindicó como un actor sobresaliente. Lumet, Cimino y, sobre todo, Coppola supieron ver en él la perfección en el arte de actuar.
Joaquin Phoenix es un actor diferente. Siempre ha sido así. Incluso su nombre parece que desentona, por convencional, entre sus hermanos River, Summer, Rain y Liberty. En su momento, pareció que llegaba a la interpretación más por obligación que por devoción, fundamentalmente para continuar la tarea que su famoso y admirado hermano, el fallecido River, no pudo concluir. Desde el principio se centró en papeles poco convencionales. Un físico muy particular y una manera de enfrentarse a la cámara que parecía más deudora de James Dean o de Montgomery Clift que de los actores de su generación le auguraban una carrera de difícil recorrido. Pero él ha sabido reinventarse y coger las riendas de su carrera a tiempo, decidir el qué, el cómo y el cuándo y, su mayor logro, no morir en el intento.
La década de los setenta cambió el modo de entender el cine. Y la comedia no podía ser menos. Se pasó de las estupendas películas de humor blanco, casi transparente, a un humor salvaje en el que el peso de la película no recaía en el guión, lo hacía directamente en los hombros de un grupo de desaliñados cómicos que pusieron patas arriba la televisión y el cine de la época. De todos ellos, uno figura en la cumbre del humor más irreverente: el gran John Belushi. A pesar de las muchas piedras que él mismo se puso en el camino, sigue siendo el rey.
Se ha muerto Dennis Hopper. Llevaba meses en las últimas y ya no aguantó más. El motor dijo basta y se paró a los 74 años por culpa de un cáncer de próstata. Era un tipo de la vieja escuela. De los que pensaban que en los extremos está la virtud. De los que aceptaban que sus actos tendrían inevitables consecuencias en sus películas, en su vida privada y en su salud. De los que conocían el gran secreto de la vida: apostar fuerte.
Joaquin Phoenix lo ha conseguido. Llevaba algo más de un año actuando como un lunático. Parecía que algo se le había desconectado en el interior de su cabeza. Cada aparición pública era más absurda que la anterior. Un cúmulo de incoherencias que sólo su pasado talento, dos nominaciones al Oscar incluidas, podía compensar. Su aspecto lo decía todo. Días sin dormir, semanas sin pasar por la ducha y meses sin pisar una peluquería. El resultado, 'I'm Still Here: The Lost Year of Joaquin Phoenix' ('Aún estoy aquí: el año perdido de Joaquin Phoenix'). Pasen y vean.