Sin habla y paralizado por el terror, nada pude
hacer para impedirlo o para prevenir a mi madre. De pronto,
la habitación de mi madre se abrió silenciosamente, y ambos
estuvieron el uno frente al otro, aparentemente sorprendidos.
La dama también estaba en camisón, y sostenía en la mano derecha
la herramienta de su oficio: un alargado puñal de aguzada
hoja. Ella tampoco había sido capaz de negarse el único capricho
que la animadversión de los ciudadanos y mi ausencia le permitían.
Por un momento se miraron con ojos llameantes y luego se acometieron
con furia indescriptible. Forcejearon por toda la habitación,
maldiciendo el hombre, la mujer chillando, los dos forcejeando
como demonios, ella para hundirle la daga, para estrangularla
con sus manos desnudas él. No sé cuánto tiempo tuve la desdicha
de contemplar esta desagradable muestra de infelicidad doméstica,
pero al fin, después de unos instantes de pugna feroz, los
combatientes se separaron de improviso.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas
de haber entrado en contacto. Durante un momento intercambiaron
centelleantes miradas, con profunda enemistad; entonces, mi
pobre padre, herido, sintiendo el abrazo de la muerte, saltó
hacia delante, venciendo toda resistencia. Tomó en brazos
a mi madre querida, la arrastró al borde del hirviente caldero
y haciendo acopio de sus últimas fuerzas se arrojó adentro
con ella. En pocos segundos ambos habían desaparecido mezclando
sus aceites con los de la comisión de ciudadanos que, el día
anterior, les había visitado, con la intención de invitarles
a la asamblea pública.
Convencido de que tan funestos hechos me cerraban la posibilidad
de hacer una honrosa carrera en aquella ciudad, me mudé a
la famosa villa de Otumwee, desde la que escribo estas memorias,
con el corazón lleno de remordimientos por mi negligencia
al permitir un desastre comercial tan lúgubre.