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CÉSAR
ANTONIO MOLINA
Las naves ardieron (fragmento)
LAS NAVES ARDIERON, ¡oh luz del primer amanecer del mundo!
Y nosotros vulnerados a merced de este faro
en el sueño que se vislumbra como primitivo cuadro.
Las naves ardieron, ¡oh luz del primer día del Universo!
Y nosotros allí, aquí, a ambos lados, vueltos, extranjeros
a la deriva del babel de mástiles, a merced
del nuevo dios que pilota la vida con la intrepidez
y el vértigo insaciable de quien rueda, de quien patina
y se bate adormecido en el abismo, en el antro espiral
del casco de un caracol recorriendo con sus insignificantes
ojos bestiales la crin negra de los fotogramas
desdentados. Un grito o una súplica ignota
sobre todos los vientos donde el poeta ara sobre los muertos
en esta tierra, y nuestro pan tiene un sabor de huesos
familiares, hermanos. El monte grita
bajo el arado, y nos suplican los nuestros
desde la muerte con voces conocidas.
("La estancia saqueada". Los Libros de la Frontera, 1983) |
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